Matices de
modernidad a las orillas de un río caudaloso y serpenteante. Agitación
y bullicio en las avenidas, fábricas, tiendas comerciales y en
el malecón que bordea las aguas del Pacífico. Movimiento constante
en una urbe colorida, que atrapa por su ritmo febril, su empuje
comercial, sus noches seductoras.
Tierra costeña,
calurosa, húmeda, atractiva y cosmopolita. Así es Guayaquil,
la ciudad mimada por el Océano Pacífico y el río Guayas, un gigante
de oscuro torrente en el que navegan buques trotamundos y bamboleantes
canoas, que parecen extraídas del tiempo de los mitos y las leyendas.
Y no es extraño
escuchar el drama de Guayas, un valiente líder indígena, que en
su afán de no caer en manos de los conquistadores españoles, decidió
matar a su esposa, Quil, para luego entregarse a las aguas del
río. Los nombres se juntaron. Se bautizó una ciudad.
Eso ocurrió
hace muchísimo tiempo. Ahora, la historia de esta tierra consigna
los latidos metálicos de las fábricas y refinerías, las sirenas
de las embarcaciones que anclan en el puerto y el fragor de las
cajas registradoras de sus centros comerciales y financieros,
razones que han convertido a Guayaquil en el
corazón económico del país y en la urbe más poblada del Ecuador.
No sólo modernidad
se respira en Guayaquil. Hay otro semblante más
calmado y bucólico, que se encuentra en las plazas, en los museos,
en el antiguo barrio de Las Peñas, de calles adoquinadas y casas
de madera. La tierra del Guayas nunca dejará de sorprenderlo,
de eso puede estar seguro.