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ARTICULOS DE ECUADOR Perdido
en Quito. En búsqueda de la Plaza Caminar, transpirar, devorar las calles . Luz roja, pase libre, acelerar el paso, esquivar transeúntes, mirar hacia todos lados, arriba y abajo, izquierda y derecha: nubes, campanarios, cúpulas, una virgen alada que pisa al mundo, un niño que le saca brillo a las botas... Perderse, titubear, equivocar el rumbo... ¿señor, dónde queda la Plaza Grande? Un plano se dibuja y desaparece en el aire. Dar las gracias, obsequiar una sonrisa, poner cara de "entendido, señor, su explicación fue clarísima" y echarse a andar... ¿hacia dónde?, hacia cualquier lado, hacia donde conduzca la callecita empinada que está allá al frente, quizás termine en la Plaza Grande y si no, qué importa, acabará en el atrio de una antiquísima iglesia o en el zaguán de una casona. Total, en la ciudad vieja nunca hay pierde. Respiración entrecortada. Pulmones vacíos. Falta el aire a los 2800 m.s.n.m. Hay que detenerse. Se acelera el corazón. Las sienes palpitan... y ¿dónde estará la Plaza Grande?, ¿cómo será su monumento?, ¿sus bancas?, ¿los edificios que la rodean?. Preguntar de nuevo... ¿a quién?, todos van de prisa como si les faltara el tiempo, todos entran y salen de los templos, de la tiendas, las oficinas y los restaurantes. Confusión. Ir y venir en el centro de Quito. La Plaza no está por ninguna parte. Vueltas y vueltas por calles equivocadas que llevan a Santo Domingo y sus cúpulas colosales o al monasterio de San Francisco, con sus 104 columnas dóricas y sus cimientos que se yerguen sobre el palacio Inca, que el general Rumiñahui (Cara de Piedra), incendiara en 1534 para que no fuera mancillado por la sandalia del conquistador español. El sol es raptado por una avanzada de nubes negras. La ciudad colonial se ensombrece, se disfraza de gris. Rompe la lluvia. Las gotas son lágrimas del cielo que caen en todas direcciones. Correr, esconderse, buscar refugio... un alero, un pasaje de columnas y arcos de cemento, tal vez una iglesia ¿La Compañía?... no, está cerrada, pero es hermosa, la más linda de América Latina, dicen algunos... ¿será cierto?, ¿quién sabe?, quizás, ¿por qué no?, si su construcción demoró 163 años. Obra sublime del arte colonial quiteño. El cielo deja
de lagrimear. Otra vez hay sol y calor. Caminar y transpirar,
atrás va quedando La Compañía con sus púlpitos
y confesionarios de madera tallada... y ¿la Plaza Grande?,
debe estar cerca; por qué, Sólo faltan algunos metros -diez o quizás veinte- para llegar al corazón de aquella ciudad fundada sobre las ruinas de la capital norte del Imperio de los Incas y que fue bautizada San Francisco de Quito por los primeros conquistadores. La Plaza Grande o Plaza de la Independencia está tan cerca que ya se siente el murmullo de la gente que la recorre. No hay más preguntas. Basta con contar los pasos. Mirar hacia
todos los rincones. Tiempo de descansar... pero ¿habrá una banca libre?. Mala suerte, todas están llenas. La gente conversa, ríe o enarca las cejas, algunos cierran los ojos, cabecean, intentan dormir. Una señora avanza con su tejido, un muchacho espera ansioso a su noviecita, un anciano recuerda anécdotas de otros tiempos y se peina las canas y se arregla la corbata cuando dice que en su época sólo había caballeros. Así es la Plaza Grande. Así es el centro de Quito. El panecillo de Quito La Virgen
tiene alas pero no vuela. Su atalaya fue un templo de adoración al Sol en la época prehispánica; entonces se le llamaba Yavirac, hoy, todos la conocen con el nombre de Panecillo y desde su cumbre la ciudad se ve como un inmenso y multicolor manto de casas y edificios y un enredo de puntos blanco, negros, rojos... de todo los colores, que no dejan de moverse. Desde el mirador
de Panecillo -donde se encuentra la Virgen de Quito, una réplica
en aluminio fundido de la Virgen Apocalíptica del artista
Bernardo de Legardo (siglo XVII), se aprecia el inmenso contraste
entre la ciudad vieja y la ciudad moderna. Las casonas se |
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