Cuando
la ciudad de Riobamba (capital de la provincia de Chimborazo)
aún no despierta del todo, se escucha el rugir de una locomotora
que anuncia su partida hacia la Nariz del Diablo. Además
del extraño nombre, hay otro característica particular,
las decenas de pasajeros no viajan en el interior de los vagones,
sino apiñados en los techos. "Esa es la gracia, señor,
porque así se puede ver el paisaje", explica la gente
en la estación.
Bofetadas de viento y repentinas lágrimas del cielo. Remolinos
de tierra y flechazos de calor provenientes del sol. Hombres en
perpetuo equilibrio en techos
convertidos en butacas, para observar escenarios cambiantes: una
cadena de montañas, un campo de cultivo, una laguna sedienta,
un viejo cementerio o un puñado de casas desperdigadas
en senderos polvorientos.
Despliegue de colores y matices serranos en una mañana
somnolienta en la que el bostezo metálico de una
locomotora
anunció el despertar del tren, ese esqueleto de vagones
y asientos vacíos que serpentea -perezosamente incansable-
por quebradas, montañas y riachuelos, en su afán
de llegar hasta las narices del Diablo.
Y el tren vibra, se estremece, sufre y echa humo negro, antes
de iniciar su osada travesía... y los pasajeros de última
hora se cuelgan de los estribos humedecidos por la garúa
y suben al techo y buscan un lugarcito para sentarse o discuten
con el hombrecillo que pretende alquilarles un cojín "a
sólo un dólar, mister"; entonces, la locomotora
lanza su estertor final y alguien trastabilla y grita y está
a punto de caer. Las ruedas rechinan al raspar los rieles. La
estación de Riobamba va quedando atrás.
Las curvas y las pequeñas cuestas son un desafío
para la locomotora, que sufre, chilla, pita y se esfuerza hasta
salir victoriosa. El tren vuelve a sus cotidianas y "diabólicas"
travesuras, mientras que los viajeros -incómodamente
sentados en los techos de los vagones- comienzan a entender por
qué el trayecto que une la ciudad de Riobamba con la Nariz
del Diablo (una depresión de 90 grados), tiene la fama
de ser el "más difícil del mundo".
Originalmente, el destino final del recorrido era la ciudad de
Durán en la provincia del Guayas, pero la vía fue
destruida durante el Fenómeno El Niño de 1982 y
1983. En la actualidad, el tren llega hasta la Nariz del Diablo,
luego retorna a la estación de Alausí.
La historia
ferroviaria del Ecuador se inició en 1910 con la puesta
en marcha de la línea Quito-Guayaquil. La construcción
de esta obra demoró más de 30 años y contó
con el financiamiento y asesoría técnica de los
Estados Unidos.
"Ayúdenme
que me caigo"
"Tiene que subir y viajar en el techo, señor, esa
es
la gracia del tren", recomienda, ordena o exige, una de las
decenas de vendedores "de todo y para todos los gustos"
que pululan en la estación de Riobamba, en los minutos
previos al bostezo metálico de la locomotora.
Escaleras atestadas de gente. Hay que subir rápido
para "ganar un pedacito del techo", porque si uno llega
tarde o se demora, tendrá que conformarse con viajar en
el vagón de asientos confortables o lo que es peor aún,
resignarse a ver sólo por las ventanas los espléndidos
paisajes que bordean la ruta de este legendario tren, que se ha
convertido en uno de los principales atractivos turísticos
de la sierra ecuatoriana.
Sí, otear los Andes desde el techo de un vagón es
una experiencia única y fascinante, porque no sólo
se aprecia la magnificencia de la naturaleza lo que hace especial
este viaje, sino que se puede sentir el golpeteo del viento, el
frío que se entromete por los resquicios de la ropa, la
lluvia inconstante que viene y se va, los tímidos rayos
del sol que no se animan a brillar del todo.
Todo puede suceder en el techo. Un hombre vende gorras de maquinista
o "vielas" (cervezas) bien heladitas... y para no caerse
en sus acrobáticos paseos, pide una "manito"
a sus posibles compradores; una niña sortea las
piernas de los viajeros y va de vagón en vagón ofreciendo
tortillas de plátanos, café caliente y empanadas,
pero uno de sus "colegas" -bigotón y con cara
de pocos amigos- la riñe y le dice que se quede tranquila,
que no le malogre el negocio.
En su recorrido por las tierras serranas, el ferrocarril de los
vagones fantasmas recoge los saludos de la gente del campo...
y una señora deja su atado de paja para decirle adiós
a esos "turistas locos que viajan en el techo"
y un niño -piel mate, mejillas resecas, cabello grasiento-
se acerca al borde del riel y extiende sus manitas en gesto suplicante.
Le tiran unas golosinas, el chico corre, salta, cae, rueda por
el campo. No puede cogerlas, se las lleva el riachuelo.
Las ventas siguen, el tren avanza, nadie se cae, todos dan una
manito... y en el horizonte aparecen los trazos lejanos de la
estación de Alausí. La locomotora vuelve a pitar,
celebra su triunfo inminente, porque ya falta poco -30 o 45 minutos
nomás- para llegar a la Nariz del Diablo, una depresión
profunda perfilada en las alturas.
Cinco hora
en el techo. El viaje termina. El tren queda vacío en la
estación de Alausí. Ya nadie corre, nadie
llega
tarde, nadie trastabilla. La locomotora descansa, porque ha vencido
una vez más, los desafíos y retos de unas de las
rutas férreas más difíciles del mundo.