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Horario de Atención: Lunes a Viernes: 9 am - 6 pm GMT - 5 horas
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Rinconcito Colonial
Llego a Quito pasado el mediodía, y el sol brilla en todo
su esplendor, el calor es tremendo y trato de buscar refugio en
uno de los ambientes acondicionados y frescos del hotel. He escogido
uno ubicado en la parte moderna de Quito y la gente no ha parado
de aconsejarme que visite el Casco Histórico.
Desde la ventana tengo una vista espectacular de la ciudad, que
se extiende hacia los lados como una serpiente gigante atrapada
entre montañas. El cielo completamente azul esta adornado
solo por unos delicados copos de nubes que reposan sobre la cima
del Volcán Racu Pichincha (4,790 msnm), que por ahora se
muestra calmado pero imponente.
Llegar al Casco Histórico toma unos 15 minutos y según
Juan, el amable guía-conductor, fue todo un logro, ya que
uno de los principales problemas de los que adolece Quito es el
pesado tráfico. Al parecer se han ensayado varias alternativas
de solución pero debido a la geografía no siempre
es posible la construcción de carreteras o caminos alternos
que alivien el transito.
Calles angostas y empedradas, casas y casonas e iglesias y monasterios
de magnificas formas que datan de la época colonial es
lo que podemos notar al primer golpe de vista. Hemos atravesado
un portal del tiempo y podemos conocer un poco más acerca
de la historia de este pueblo.
El guía me anima a hacer una primera parada en la Basílica
de Quito, una verdadera obra de arte consagrada al Corazón
de Jesús y cuya construcción fue iniciada a finales
del siglo XIX. Las naves de la iglesia son enormes y las torres
se alzan tan altas que parecen llegar al cielo.
Guardando un silencio respetuoso recorremos las naves de la Basílica,
me dejo envolver por la enormidad y el misticismo y no logro articular
ninguna palabra, solo observo, como un niña, solo observo
la belleza dispersa en el lugar. Juan me conduce ahora hacia una
escalera y subimos al segundo nivel, donde funciona una tienda
de souvenirs, pasamos de largo y no tengo idea de a donde nos
dirigimos pero decido permanecer en silencio.
Finalmente llegamos a una plataforma y Juan me pregunta a que
torre quiero subir, eso si fue una sorpresa, un lugar que generalmente
queda vedado para los turistas son las torres o campanarios de
las iglesias, pero aquí es perfectamente posible. Escojo
entonces las torre principal, y la más alta, alguien debió
decirme que no era una idea tan buena, pero la alegría
desatada por el repentino anuncio me lleno de entusiasmo.
Iniciamos el ascenso hasta llegar a una plataforma de madera situada
sobre la cúpula principal de la iglesia. Avanzamos despacio
por esta especie de pasadizo de la muerte, primero el guía
y luego yo siguiéndole los pasos. Algunos miedos se van
revelando pero una extraña magia se ha apoderado de mí
y lo único que quiero es llegar hasta el final. Terminamos
de cruzar y encontramos otra plataforma y otra escalera, esta
vez más empinada.
A cada escalera le sucede otra plataforma y otra y otra, el espacio
se va haciendo mas pequeño y siento como las piernas empiezan
a temblar pero todavía no puedo adivinar si es por el cansancio
o por un repentino miedo a la altura. Llegamos pronto a la altura
del enorme reloj de una de las torres, pero nuestro ascenso no
termina ahí seguimos subiendo y ahora estamos por encima
de las otras torres, y todavía quedan algunas escaleras
por subir.
Al fin llegamos a la última plataforma y el aliento me
ha abandonado casi por completo, las piernas me tiemblan y no
puedo pensar siquiera en acercarme a una de las ventanas de la
torre. Respiro un poco y Juan me anima a mirar, la vista es simplemente
espectacular. Este es uno de esos lugares que regalan a los viajeros
una experiencia diferente y que viven para siempre en el recuerdo.
Así estaba yo, perdida en mi contemplación cuando
Juan me pregunta, como si se tratase de algo bastante normal,
si no pensaba salir a la cornisa.