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Cuenca, una experiencia personal
Cuando uno es mujer y decide viajar sola muchos piensan que será bastante más peligroso o bastante más difícil que para un hombre. Mi primer viaje a Ecuador me demostró que eso no es del todo cierto, en el peor de los casos no más difícil que para cualquier otra persona.
Esa aventura empezó con una sola certeza, que mi compañera de viaje había desistido un día antes. Aparte de eso no tenía un mapa del lugar, mi presupuesto era bastante modesto y la única información confiable con la que contaba fue la que encontré en el web site de Enjoy-Ecuador, sin embargo el impulso atizado con las ganas de viajar me hicieron coger la mochila a pesar de las complicaciones.
Tumbes, la frontera final
Fui a la estación de buses y compre un ticket para Piura (a 1,035 km de Lima), junto a mi se sentó Josefine, una finlandesa dueña de un español admirable aprendido durante sus tres meses de profesora en un pueblo de Ecuador. Ella iba a Guaranda a recoger sus cosas por lo que decidimos seguir juntas hasta Huaquillas donde tendríamos que separarnos.
El viaje siguió su curso normal, algunas malas películas de Jean Claude Van Dame, pasajeros subiendo y bajando en cada pueblo y la imprescindible parada para cenar en un restaurante del camino.
Recuerdo que de niña, cuando viajaba con mis padres, esos "oasis" del camino me causaban gran curiosidad, más de una vez cree historias fantásticas acerca de ellos. Para nosotros era como llegar a un lugar mágico, perdido en medio de la nada, escondido en el desierto o en algún paraje solitario. Supongo que así nació esa extraña fascinación por estos lugares, sin importar que tan mala sea la comida o el servicio, siempre tendrán cierta magia escondida que me hará adorarlos.
De vuelta al bus el viaje continúa durante toda la noche, atravesando desiertos y pequeños pueblitos regados por el camino. Llegamos a Piura al promediar las 9 a.m. y nos lleva un buen rato encontrar un bus que nos lleve a Tumbes, pero para el mediodía ya estamos de vuelta en la carretera, acercándonos al extremo norte del Perú.
Al llegar a Tumbes, buscamos un taxi que nos lleve a la frontera misma, al "Puente Internacional", el taxista que conseguimos nos cuenta historias sobre los ladrones de pasaportes que se esconden en la carretera, algo que logró asustarme bastante debo confesar. Desafortunadamente no hay ningún tipo de transporte local que cruce la frontera, a menos que se tome un bus internacional desde Lima, sin embargo con un poco de precaución cualquier inconveniente puede ser evitado.
Al llegar al Puente Internacional Josefine y yo caminamos en medio de ese alboroto de gente y puestos de venta en el que se ha convertido este punto fronterizo, con mercadillos de ambos lados de la frontera. Después de un buen rato encontramos una empresa de buses (del lado ecuatoriano) y llega el momento de separarse, ella continúa su viaje a Guaranda y yo tomo un bus a Cuenca.
El bus atraviesa valles y montañas rebosantes de vida, donde rebaños de ovejas pastan tranquilamente, donde las casas de vivos colores y techos rojos matizaban el paisaje, perfumado con la suave fragancia de los cientos de eucaliptos que a su vez forman pequeños bosques. Un regalo para el alma del viajero pienso.
Llego al anochecer a esta ciudad de características coloniales bastantes marcadas, con negocios prósperos (especialmente de ropa y calzado) y con cientos de turistas que recogen sus empedradas y angostas calles deteniéndose a cada segundo, fuera de horarios o itinerarios como si el tiempo no existiese. Un lugar que invita a dejar las preocupaciones cotidianas atrás.